VINO, QUE NO FALTE

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Uno del pueblo

Tiempo ha que por estas fechas Daimiel desprendía un olor característico e inconfundible a mosto. Era época de vendimia y el aroma de uvas, capachos, carros, galeras y mulas, impregnaba el ambiente durante larga temporada. Vendimiar ocupaba a gran parte de la población, en tarea poco parecida a la que se desarrolla hoy en términos generales. Los tiempos cambian que es una barbaridad, ya lo decía Don Hilarión, y la recolección de la uva no se ha quedado atrás. La moderna maquinaria ha sustituido gran parte de mano de obra, y los vehículos mecánicos a los de tracción animal. Progreso que facilita comodidad y mejor salud, las espaldas ya no se resienten tanto en el otoño…

Se obtenía un vino puro, natural, bebida que cautivaba por su aroma y sabor, que “enganchaba” per se, como Dios manda. “Pan que sobre, carne que baste y vino… que no falte!!”, era dicho popular que se refería a la proporción en la que se debían consumir estos alimentos, y eso que la ingesta carnívora que hoy devoramos, no estaba al alcance de todos. In illo tempore. Afortunadamente, la alimentación sana, recomendable y compartida por el personal, llega a gran parte de los coetáneos, siendo el vino alimento líquido, natural y proveniente de nuestras uvas y la mano divina, producto de agua y sol, siendo Noé el primer humano en experimentar los efectos tras sobrepasar la ingesta de tan agradable elixir, primera cogorza documentada en la historia.

En nuestro Daimiel, la recogida de la uva ha tenido un peso económico a destacar entre familias dependientes de esta estación agrícola. Padres, madres, hijos, acudían a formar cuadrillas de vendimiadores. La madre o el padre, “tiraba” en pareja del hijo, juvenil y menos eficiente, pero que sumaba un jornal más para el clan. Allá por los setenta, una espuerta se colmaba tras recolectar siete u ocho cepas, espuerta que se trasladaba a mano por la pareja, a través del liño hasta la carrilera, donde se recogía espuerta vacía y de nuevo regresar al punto de la siguiente cepa, eso si, “zanganeando” un poco en el recorrido para recuperar aliento y relajar molestia riñonera.

“Nos las esmoruguís”,”coged la garulla”,- la uva desgranada que se perdía a pie de cada cepa, – gritaba el capataz… ahora, la pala del tracto está próxima, avanzando en paralelo a los vendimiadores, que vacían espuerta con recorrido mínimo entre carga y descarga…, sigue siendo dura la tarea de vendimiar, vengan kilos, vengan kilos y vengan kilos, sobre todo para quienes no están acostumbrados a labores agrícolas, personal de temporada, estudiantes, etc.

Larga duración el tiempo de la vendimia, que a su vez generaba trabajo para herreros, carreteros, bodegueros, toneleros y… navajeros, artesanos de las navajas pataconeras, utilizables durante la recolección, para el corte del racimo.

Y aún recordamos el trajín callejero desde primeras horas de la mañana con las idas y venidas de los vendimiadores, madrugando el personal para el traslado hasta el plantío de turno e inicio inmediato de la labor. El transporte del fruto acumulado en carros o galeras, castellana y manresana, tirados por la mula torda y la castaña, con el ojo avizor del morillero, “látigo atrás” para “espantar” a los mozalbetes que intentaban “arrebatar” a la carrera los racimos frondosos que rebosaban por los laterales o el fondo, cuya “pinta” animaba a los “pillines” a cogerlos sin más. “Cogedme, cogedme”… , decían los “fermosos” ramilletes de uvas, racimos modélicos para el artista de óleos, paletas y pinceles.

 Jaraíz que recibía el fruto, cuyo mosto recalaba en las tinajas con “sombrero” de enea, baleo reutilizable…, las “madres” del vino, abajo, en la tinaja, aportando características peculiares, transmitiendo insustituibles calidades de origen, sin denominación ni ná “El ánfora guarda siempre el aroma del primer vino que guardó”; al cabo de un poco tiempo, remecío de la tinaja para hacer la cata del vino del año en los vasos de duralex de ocho lados en su base…, vino en rama, sin filtrar, qué rico, madre, directo de la cepa a la boca…, y todo esto, subidos en el empotro de madera que accedía a las tinajas…

Actualmente, la vendimia apenas se percibe en el movimiento diario. Las tinajas ya no existen, sustituidas por gigantescos depósitos de aluminio, tecnicamente dotados para la obtención de vinos con calidades contrastadas y reconocidas, con tratamientos sanitarios, científicos y tecnológicas de absoluta fiabilidad, que garantizan la perdurabilidad de tan exquisita ambrosía, alimento de dioses y humanos, vino que sustenta, mantiene y da vida, cada “chato”  es un verso de la botella.

Qué mal nos prestan los conflictos políticos y sociales en torno al vino. No me lo maltraten entre unos y otros, no me lo tiren de precio, no me lo rebajen de grado, ni de nivel ni categoría social. Equilibren precio con equidad, ajústenlo como producto de primera necesidad, liberador de fantasmas y miedos, medicina natural ante los desatinos humanos, ahora más que nunca protejan nuestro alimento espiritual, sana e higiénica bebida, recétenla en tiempos de pandemia. Las cepas de Daimiel aportan calidad y cantidad, por tanto, de tal cepa, tal vino. Que no nos falte. “El vino es la única obra de arte que se puede beber”. La cultura del vino, no es asunto baladí.

Pan que sobre, carne que baste,… vino que no falte!!!

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