DETRÁS DEL MOSTRADOR

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MANUEL MOLINA

Este pasado domingo al llegar a mi casa de Daimiel las grietas y desconchones daban muestra de lo que cada vez parece más una leyenda arcaica para contar en literatura. Bautizadas por la clientela habitual con el nombre o apodo de la propietaria (en este menester las señoras solían ganar) abastecían una zona completa de vecinos donde con tan sólo dejarse ver en el mostrador tenías la compra preparada en la bolsa de tela con la cuenta hecha. Las tiendas de barrio (especie en completo peligro de extinción) fueron más que un espacio físico donde adquirir productos. En ellas se confesaba la vida de la calle y los días lentos que las mujeres describían con el monedero en la mano esperando turno. Entre aquellas estanterías repletas de latas de conservas y carteles escritos a bolígrafo siempre encontrabas el encargo de madre o abuela. Territorio femenino donde se trataban aspectos del ama de casa, debates eternos sobre la mejor manera de gestionar una receta o afirmaciones contrastadas sobre una marca de suavizante. Por la confianza incluso ejercían cual bancos de micro prestamos donde bastaba un rincón de libreta para dejar fiada la deuda a saldar por el primer familiar que entrara después de ti. La máquina digital de ticket era un hueco del cartón del día, con fecha y nombre del cliente donde una vez puesto el producto en la barra se le añadía el precio para sumar a mano. Aún recuerdo cuando el euro aterrizó en el barrio y la tendera se las deseaba para atinar con las vueltas usando una tarjeta de publicidad donde venía la conversión a pesetas.

Ningún niño que haya soplado más de treinta velas podrá negar la ilusión que producía encontrar el cartel con los helados de la nueva temporada, o escarbar en un congelador hasta que veías el flash sabor coca cola. Por no hablar de leyendas urbanas donde los cromos de fútbol más solicitados salían en un determinado establecimiento. En ellas no había prisa, el poyete de entrada servia como asiento para abrir la pegatina del bollicao mientras el amigo compraba veinticinco pesetas de globos de agua. Aquellas tiendas surtían los caprichos de los recreos del instituto con una paciencia de plomo, y sin cámaras de seguridad, eran capaces de ver más allá de los bolsillos rebeldes. A deshora bastaba ver luz entre los cristales de la puerta para aliviar un apuro puntual. No hay tomate acércate a la tienda, pregunta si tienen pegamento, nos hemos quedado sin leche cruza a por una caja, anda y ve que te preste el destornillador… y como estos miles de ejemplos vuelven a mi memoria. Anécdotas que se están perdiendo por el uso más puro de un mercado globalizado que sólo nada entre tiburones multinacionales.

Nos hemos acostumbrado a que todo debe ser aquí y ahora sin dejar espacio alguno a la preparación. Nuestra voracidad se ha desarrollado de tal manera que muy pocos son los que invierten tiempo en el ritual previo. Las compañías monstruosas (por tamaño y tentáculos) de envío por internet nos han adormilado y cada vez resulta más surrealista levantarse, vestirse y agarrar el coche para ir a buscar cualquier aparato o prenda que pretendamos comprar. Las reseñas han sustituido a las recomendaciones de la Mari, la Vicen o la Puri, y el rostro del mensajero a la persona que nos sonreía detrás del mostrador. Todo es simple y está a un clic y no hay motivo para despegarse del sofá, seleccionas pagas y esperas. Las grandes cadenas han llegado con su pezuña de elefante para cambiar los métodos e implantar nuevas formas de negocio, en las que por diferentes motivos siempre acaban dando en el clavo de la necesidad. Las tiendas son un ejemplo claro del aire de nuestro tiempo, donde lo humano combate a diario con la máquina y la prisa es la piedra filosofal de la sociedad.

EEEEEOOOOO

2 Comentarios

  1. Me ha encantado el artículo sobre las tiendas del pueblo. Soy de un pueblito de Badajoz y crecí con una tienda en casa como la q describe Manuel, pesando en una balanza como la de la foto q aún conservo y recordando como las clientas llegaban y se sentaban, sin prisa, en una de las dos sillas de enea q teníamos en la tienda. Así hacían su compra y a la vez nos informaban de todo lo acontecido en el pueblo.
    Cómo siempre Manuel, un gusto leerte.

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