EL ÚLTIMO PELDAÑO

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Subida en el coche donde su hijo discutía por perderse al no hacer caso a las indicaciones del navegador, ella observaba las calles con la misma ternura que hacía más de treinta y cinco años. Los tejados rojizos y pardos seguían echando humo de estufa y las paredes de cal asomaban su gastado rostro por la ventanilla. En la parte trasera del vehículo ella viajaba sola, sin perder de vista una carpeta donde guardaba los papeles gastados con la firma de su padre.

La calle que la vio nacer aún conservaba ese ajetreo lento, como espeso, y las aceras seguían siendo de color ceniza. El huerto donde compraba habas y tomates era ahora un edificio de ladrillo visto con amplios balcones y una mecánica puerta de garaje. Tras aparcar el coche y mientras su hijo realizaba una llamada por el teléfono móvil, ella avanzó despacio con la carpeta en el pecho hacía el azulejo con el número diecisiete. Los desconchones eran profundos en la fachada y las ventanas permanecían cerradas a pesar de la humedad de la madera. Se preguntó qué sería de aquel vecino que criaba palomas o de la mujer que tras el mostrador despachaba bolsas de lentejas y rosquillas de Semana Santa. Ya no había rayuelas pintadas en el asfalto, ni ropa blanca tendida en las azoteas.

La semana anterior una carta certificada le obligó a volver a aquellos cajones del trastero, y tras varias noches de insomnio mojando en llanto álbumes en blanco y negro, descolgó el teléfono y llamó a su hijo. Eran treinta y ocho años fuera del pueblo, viviendo sumergida entre el bullicio de la gran capital. Había perdido el olor a las raíces tras una vida feliz de trabajo, ciudad, marido e hijos. “Uno no es de donde nace…” le habían repetido en reuniones cuando recordaba el nombre de su pueblo y la casa vieja donde merendaba pan con aceite y azúcar. Que gran mentira, se decía a sí misma mientras esperaba de pie a su nuera buscando las llaves en el bolso. Uno es siempre de donde vive su infancia, lo demás son sólo ramas de árbol para reposar el vuelo.

Una vez abrieron el candado de aquella puerta de chapa azul gastada de óxido y con los cristales plagados de heridas, esperó detrás de la espalda ancha de su hijo. El patio de piedra estaba comido por las malas hierbas y la escalera donde su madre cosía remiendos en verano se había hundido. Pasaron despacio, su nuera prefirió esperarles en la calle  y ella avanzaba hacía las habitaciones ante las negativas de su hijo por el claro (y peligroso) deterioro de la casa. ¿Cómo no iba a volver a aquellos años donde su abuelo le cantaba coplillas mientras se liaba un cigarro? Sólo por estar allí era capaz de oler el puchero de pote y la leña quebrándose en una chimenea al rojo vivo. En aquel patio, su abuela, de negro impoluto hacía jabón en un barreño de chapa junto a un gato color nuez que siempre buscaba la sombra. ¿Cuántas veces pintó con tiza el rodapié de cemento? Ya no quedaba nadie…

Sin soltar la mano de su hijo se sentó en el último peldaño de la escalera rodeada de escombros y recitó los versos de aquella jota manchega que siempre cantaban en las fiestas del barrio. Con paciencia agarró una piedra del suelo y tras limpiarla con la manga de su jersey la guardó en el bolsillo del pantalón. “Dentro de unos días no quedará nada” dijo mirando hacía un cielo gris que caía de golpe hasta las paredes agrietadas del patio. Mientras, ajena al paso del tiempo una cortina roída de colores bailaba en lo que un día fue la entrada a un corral de conejos y gallinas.

Sin hablar, su hijo le tendió de nuevo la mano y ella se levantó a duras penas sujetando la carpeta que guardaba los documentos. Una vez salieron a la calle, la joven nuera que se encontraba en mitad de la calzada guardó el teléfono y la ayudó a caminar cogiéndola del otro brazo.  No tuvo fuerzas para mirar como de nuevo se cerraba el candado y la puerta azul. Entre aquellos tabiques de piedra y barro quedarían para siempre los recuerdos de su infancia, de su pueblo, de cómo su padre le enseñó a leer aquel verano de mil novecientos sesenta y uno en una banqueta de madera.  

 Dedicado a tod@s los que se fueron, pero jamás se marcharon de Daimiel.

Manuel Molina.

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