CUANDO LAS TORTOLAS CANSINAS CANTAN EL CALOR EN MI JARDIN

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José Pozuelo

Cuando las tórtolas cansinas cantan el calor en el jardín, voy a por cangrejos al chozo de La Mari, por lo que, en parte, les debo este relato.  Aquel lugar parece influido por el fluir del agua cercana, siempre cambiante, siempre igual el río y sospecho que su magia también involucra los astros y el correr de las hormigas como una única fuerza. El segundero de la pared corre allí por deporte. Esta vez algo fue diferente, quién sabe si estaría escrito ya.

            Por fuera es blanca, con una parra que da sombra, por dentro oscura, con una persiana que da un poco de luz. Salvo por un recodo que queda a la izquierda de la entrada, la estancia es un rectángulo con techos altos en los que se ven las vigas, de un solo tronco. Una cortina a la derecha, que da a la cocina y la despensa, y otra puerta al fondo, por la que se adivina carrizo, son las otras salidas.

            Abrí la cortinilla adentrándome en la semipenumbra y me sentí por un momento indefenso mientras mis ojos se acostumbraron. No pude distinguir si la sonrisa pícara de Mari fue compasión o que los dos nos sabíamos el guion (ahora sé que por diferentes fuentes). Como siempre, yo empecé:

            -¿Mari, cómo estás, oye, tienes cangrejos?

            -Claro, rico, mu buenos me han salido. ¿Cuántos te llevas?

            -Pues dame una docena de ellos. No me has dicho cómo estás.

            La parte siguiente es libre, y cambia según las circunstancias, esta vez dijo:

            -Ay hermoso, lo que te diga, te engaño… que no estamos ni bien ni mal, pero bien no estamos. ¿Pos no has visto el accidente cuando venías pa acá? Pobrecico… siéntate que te cuente.

            Entonces se sucedió uno de mis momentos favoritos, ella se gira y va a buscarlos, yo quedo solo en la sala, y la inspecciono con deleite, es un lugar singular. La memoria no es de mis mejores atributos por lo que puedo descubrir detalles fascinantes cada vez, pero nada como lo que vi aquella fatídica mañana. 

            Era un libro.Uno que no recordaba haber visto allí de una forma distinta a como no recordaba algunos detalles. Estaba encima de un aparador que llevaba en mi recuerdo años, pero con toda la certeza que me concedo diría que nunca sostuvo un libro. Se trataba de un volumen de enciclopedia, una copia de la Encyclopaedia Britannica de 1902, su nombre de portada era The Anglo-American Cyclopaedia (New York 1917). Al examinar el lomo de cerca reparé en que pertenecía a la colección completa que siempre vi encerrada dentro del mueble anexo. Sin moverme, comprobé la existencia de un hueco entre ellos, el único; el que yo sostenía, pertenecía a la indicación alfabética Fib-Goc. Lo abrí al azar y leí:

                         Mari entra

            Se me erizó el pelo de la nuca al oír la cortinilla que separa las estancias. Cerré el volumen bruscamente y miré a Mari con cierta incomodidad, disculpándome en voz queda, a pesar de que ella no había pestañeado siquiera. Con el pretexto de una cita me despedí y con la promesa de volver a por más cangrejos pedí prestado el libro, desbocado, de una forma demasiado cordial, forzada. Mari me lo concedió y añadió un chascarrillo, pero no lo oí, ya salía, ahora pienso que sería una advertencia.

            Conduje sin ningún percance, de hecho, nadie se cruzó en mi camino y cuando me bajé del coche, no recordaba apenas el trayecto. Me sorprendí sujetando el libro y también lo toqué mientras conducía. Sin soltarlo lo llevé a la mesa, allí sí, me atreví a dejarlo, de forma paralela por todos los lados. Pero no lo abrí. Lo estuve mirando largo tiempo con horror, sin poder apartar los ojos,

            Cuando me armé de valor y lo sostuve, por vez primera me sorprendió su ligereza, yo parecía más ligero con él. Lo abrí. En la sección del gato, leí que los egipcios creían que sus ojos encendidos en la noche era el portal al mundo de los muertos, pero todo parecía normal. Salté algunas páginas, alante, atrás… Gracia, Ficus, Goa… nada… hasta que vi lo que buscaba, él me vio a mí…

            Ya se borraba la línea que queda bajo la sección Futuro. La frase borrada fue sustituida por otra:

            Cae un rayo.

            De las nubes de la tormenta de verano a la veleta se encendió la comprobación del libro apenas un instante después de leer, perfecto para que yo lo contemplara tras el ventanal al otro lado del jardín. Volví a cerrar el libro con brusquedad, estando solo, aunque en escasos segundos necesité verlo una vez más. Fue fácil dar con la página.

            Llaman a la puerta.

            Sonó tres veces el nudillo de mi primo contra la madera. Cerré el libro, él venía todo de negro.

            Cuando se fue pasé tres días y tres noches con la vista fija en aquel cuadro de texto. Descubrí que podía influir en él, de tal forma que si me concentraba era capaz de leer fragmentos más lejanos en el tiempo y el espacio. Si dejaba todo atrás y me centraba más allá de las letras, podía sugerir eventos de mi interés. En una semana leí hechos que ocurrirían en dos días, progresaba con obsesión, anotando en un cuaderno los acontecimientos más relevantes con una breve descripción y su fecha aproximada, por una cara envejecida pero familiar, un calendario en la cocina… esa tarea dejó de tener sentido pronto. Por cada momento que sacrificaba en el presente se me devolvía otro en el futuro. Pasaban horas del porvenir al pasado y ya nada se me diría de ellas, el presente me iba dejando ciego.

            Tanto el cuaderno, que luego fueron cuadernos que se amontonaban monstruosamente, como el Libro que me contó que la única certeza será el dulzor de la cereza, o cualquier rastro de su existencia quedaron bajo una severa privacidad, a pesar de conocer momentos que cambiarían las vidas de los involucrados de maneras irremediables. Aislé a mis familiares y conocidos de esta faceta, y cuando creció, se los comió a ellos también y ya no les vi si no a través del Libro que me contó el precio de la sardina el próximo viernes en Tokio.

            Comprobé un dogma, no se puede contradecir al Libro. Si dice que caerá un vaso, esforzarse en anticiparlo será en vano, será de tal forma que en el momento predicho por el Libro, el vaso caerá. La infalibilidad en estos hechos triviales fue lo que me frenó de las acciones más atrevidas.

            Otra de las leyes, irónicamente, no escritas aún, es que no se leerá dos veces la misma cosa.  Recapacitar sobre esto revolucionó mi entendimiento; el cuadro de texto tiene unas proporciones dadas, por lo que, a través de fragmentos finitos me revelará lo inabarcable y surge la duda de qué pasaría si pudiera leer todas las combinaciones posibles. 

            La vaguedad en cuanto a cuándo ocurrirá que, es quizá el mayor obstáculo que encontré, al perseverar, sin embargo, el porvenir fue como un puzle, y sus fotogramas, películas. 

            Pasados meses me creí profeta, sabía que negocios fracasarían, de que morirían mis vecinos, leí miles de niños jugando al balón y los resultados de los encuentros, con todo el debate… Sufrí de existencialismo con un aloe que no fue capaz de sanarse a sí mismo y me hizo feliz cuando cayó al suelo y brotó raíz. El mejor epitafio que leí fue “Aquí yace uno cuyo nombre fue escrito sobre agua”. Se me narró con detalle la vida de la cigarra que vivirá un otoño lejano en tu jardín. Las incontables amapolas… y fue ahí, con las amapolas, cuando me di cuenta. En el Libro que me contó qué pasará con los anillos de Saturno no salgo yo.

            Como una pastilla efervescente me deshice en la lectura, donde estaba todo lo venidero, sin mí. Olvidé comer, hacer mis necesidades, mi nombre y ya no sé cuántos días pasaron… Hasta que ya no pasaron. Letra a letra el recto devenir de las cosas se curvó, frase a frase se reveló el tiempo como una rueda que surca por caminos ligeramente distintos cada vez, el mismo surco. Cada punto era principio y final de miles de revoluciones de la rueda, cada acto, perpetuamente inacabado y consecuencia perfecta del anterior. Así, viví el final de todo, y como nada contiene a la oscuridad para dar luz, dio otra vuelta la rueda y pude ver nacer el Sol, y fue mejor que verme nacer a mí. Seguí mi pista a través de una nueva historia trepidante hasta aquel día en que las tórtolas me condenaron, pues al coger el coche me distraen los ojos de un gato y ya no salgo más en el Libro.

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