PAJARITOS SIN COLA

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Recuerdos de mi Primera Confinación

Confinado me doy una maña que no hay en España quien lo haga mejor…. Muchos han sido los confinados que han descubierto habilidades propias ocultas, desconocidas para el propio interfecto, que al ser practicadas por aquello de ocupar el tiempo, están suponiendo la aparición imprevista de nuevos artistas en dispares disciplinas.

Algo tan aparentemente sencillo como hacer la cama, se ha convertido en arte por parte de mi amigo Julián, capaz de volver a poner en práctica aquello que bien aprendió en su lejana etapa como militar y que desde entonces había dejado de practicar. Pero aquello que bien se aprende, jamás se olvida, y en estos días de arresto domiciliario, la vuelta al hábito disciplinario de apañar el catre ha supuesto para mi amigo un volver a reencontrarse con su otro yo, aquel capaz de lograr la perfección conjugando la sábana de abajo con la de arriba, estirando el edredón por sus cuatro lados hasta dejarlo “niquelao”, y sin hacer la “petaca”, previa ventilación del dormitorio y sacudida de sábanas que habrán de pasar por la lavadora todas las semanas, evitando con ello presencia de ácaros y molestas alergias. Es tal la habilidad adquirida por nuestro confinado, que pronto figurará nominado como aspirante al título “amo de casa encierro 2020”, con visos de licenciatura. Y me quedo corto.

Mi amigo Hipólito, deportista él, no puede prescindir de su diaria actividad atlética como saltador de longitud. El pasillo de su piso, de medidas apretadas para la susodicha práctica, ha sido testigo del magnífico mantenimiento de forma de mi gimnástico colega, con resultado de veintitrés tablillas del parquet deterioradas, levantadas, tarea de recomposición pendiente para cuando nos suelten, dada su alarmante inutilidad en tareas de bricolaje. El, que es lo importante, se siente satisfecho al mantener su físico apto para la fantasiosa y utópica competición que sólo se celebrará en su trastornado cerebro, perturbado tras cincuenta días de reclusión. Pero es todo un campeón.

Descubrir la frecuencia intestinal  del vecino de abajo, de oído, también ha sido práctica desarrollada por mi cotillo amigo Dimas, que sincronizaba su alerta en base a la estruendosidad previa a la descarga, que traspasaba forjados, cementos y baldosines de abajo arriba, en edificio de consistente calidad pero insuficiente para el estrépito de la gran cagada vecinal. Como diría “El Roto”, a mi vecino “le gusta ver las noticias mientras come para así cagarlo todo junto “.

La familia al completo de mi cuñado Anselmo celebró la Semana Santa Confinada. Desde la basílica del salón-comedor, rigurosamente revestidos con túnica, capillo, cíngulo, rosario, medalla, escudo bordado en pecho y el hachón de cera, por supuesto encendido, hicieron el itinerario oficial por vestíbulo, sala de estar, pasillo de distribución, cuarto de baño, dormitorio principal, habitaciones de los chiquetes, cocina y terraza, regresando a la caída la tarde entre el acompañamiento musical de las marchas entonadas por los propios nazarenos domésticos, que a su vez portaban a hombros un “cristillo” de la hermandad. Para contemplar bien la carrera, el lugar recomendado resultó ser encima del tresillo. La vieron de salir y la vieron de “metese”. Obviamente, sin corona de espinas, hogaño corona-virus. Semana Santa a puerta cerrada.

Otra buena pareja de amigos, muy aficionados a la coyunda , han intensificado esta práctica con el fin de hacer causa común para ahuyentar al bicho, solidarizados a posteriori en la limpieza con “rumbas” y demás utensilios para evitar acumulaciones de polvo.

Buen número de seguidores de este periódico nos comentan acerca de prácticas deportivas inusuales, como correr al trotecillo cochinero por el parquet de la vivienda,-en ausencia de parques bueno es parquet-, hasta que se le resentían las canillas. Somos personajes que habitualmente no realizamos actividad física alguna y , claro pasa lo que tiene que pasar… Otro atrevido, camina por toda la casa, desde el ala norte, dando la vuelta a una habitación, hasta el salón, rodeando la mesa de centro y tirando hacia el otro lado de nuevo, eso sí, acompañado siempre por su perrita Noa.

Ordenando cajones,  salieron a relucir pinturas del año la pera, no aptas para las actuales corrientes de maquillaje facial. Al estar confinada y no poder convivir en sociedad, opté por maquillarme ojos, cejas, nariz, frente pómulos y ojeras, resultando una imágen final estrambótica, pintoresca, estrafalaria, extravagante, pero se aprovecharon los olvidados cosméticos en tarde de auténtico carnaval.”

El problema lo tiene mi prima Paquita en el jardín frontal de su adosado, denominado “patio de los naranjos”. Ante la ausencia de seres humanos, el tranquilo silencio y la buena temperatura, una bandada de gorriones ha invadido el árbol frutal, posándose a su antojo en las ramas que soportan a duras penas la masiva plaga de pájaros que cuando trinan a la vez recuerdan a la película de Hitchock, con suspense y terror incluidos. Intentaron espantarlos con palmadas y voces amenazadoras, pero que si quieres arroz Catalina. Colgaron cds inservibles en las ramas como remedio de primera mano, por lo visto el brillo con el movimiento los ahuyenta, pero convencidos al rato de que no pasaba nada, no sólo permanecían plantaos y bien plantaos, sino que llamaban a más congéneres, convirtiéndose aquello en un calvario, ya que no ha habido Semana Santa. Paquita optó por utilizas los cds como arma de disuasión en plan agresivo, fuera de sí, disparando a diestro y siniestro con mortíferas andanadas , platillos que volaban con escaso tino ante los crecidos visitantes, a esas alturas incluso en plan chuleta. No aspiraba a cortarles las alas, pero sí al menos, rebajarles la moral. Desde las ventanas, desde el porche, desde la escalera, los cds partidos en dos pedazos e incluso cuatro, para no quedarse sin munición, se estrellaban entre el ramaje ante el jolgorio de los gorriones. ¡Qué situación! Pio, pio,pio, y que los jodios pájaros desde por la mañana temprano alegrando el despertar de mi desesperada prima. No huían en desbandada ni a la hora de los aplausos. Queda a la espera de lo que dicte Sánchez, para que de nuevo su morada vuelva a ser patio concurrido por familia numerosa, vecinos y simpatizantes del Madrid, que consiguen, entonces sí, la ausencia de los alborotadores animalitos. Al barrer el entorno, aparecían plumajes y restos de colita de gorrión, alguno saldría trasquilao, porque al final logró atinar su puntería, dejando algún pajarito sin cola.

Entre dramas y buen talante, unos y otros vamos soportando el confinamiento, logrando casi con seguridad que el síndrome de Estocolmo sea pan comido, de hecho algún lector de Daimielal al día  ya me comenta que “tampoco se está tan mal.” Profesionales del confinamiento ya van haciendo bueno aquello del genio, “te pones a no hacer nada y es un no parar.”

Habrá que continuar publicando más experiencias del personal confinado, pues se van amontonando y efectivamente, es un no parar.

Continuará…

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