COMO AGUAS ESTANCADAS

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Manuel Molina

El primer recuerdo que tengo de las tablas de Daimiel es un Seat 127 blanco, una tarde larga de principios de otoño y la merienda en el muro de la entrada. Es muy probable que no fuera la primera vez que visitaba el parque nacional Las Tablas de Daimiel, pero aquel domingo de Septiembre por el año noventa y dos nuestro padre nos había prometido que si no dábamos guerra a mamá mientras cosía unos arreglos nos llevaría a ver los patos. Me vestí con un jersey verde y vaqueros,  y en el sofá,  junto a mi hermano  que llevaba toda la tarde haciendo preguntas sobre animales fantásticos y como podríamos traerlos a casa, esperé la hora de salir viendo dibujos animados.

Una vez en el coche tuve la sensación de atravesar medio país mientras mi hermano  se revolvía  señalando las casillas salpicadas entre  hileras infinitas de viñas o imitando el ruido mecánico de los tractores. En la radio sonaba en bucle un cassete original de Los Bravos con la canción «black is black» que terminé por reventar  años después  en la minicadena de mi piso universitario. El sol de las tres de la tarde bañaba la sierra la Villarrubia y mamá sonreía desde el asiento del copiloto con unas gafas oscuras de pasta y un chándal de algodón verde. Aquel coche tenía el pomo de las marchas trasparente con un avión en miniatura en su interior que papá tapaba con su enorme mano al reducir velocidad en las curvas.  En la escuela, doña Jacinta nos había hablado del parque como un humedal único en Europa donde las aves hacían parada en su incesante migración, por lo que el lunes no tardaría en acudir a su mesa para contarle emocionado mi visita.

Al bajar la cuesta previa al rio Guadiana y el molino de Molemocho  mi hermano gritó con fuerza la palabra AGUA  y  pegando las narices al cristal descubrí  aquel paisaje tan distinto al campo de Daimiel que hasta entonces había paseado junto al abuelo. Bajo la sombra de un árbol aparcamos el 127 en el parking  donde hoy está la tienda de recuerdos y fuimos de la mano de papá  por los puentes mientras mi madre,  unos metros por detrás,  preparaba la cámara de fotos. En aquellas instantáneas que hace días salieron del baúl  la tierra se cuartea por la sequía y se funde a lo lejos con el color marrón de la vegetación.  Desde un mirador sonreímos y alzamos los brazos ante la máquina que papá dispara sin darnos cuenta de que allí, bajo nuestros pies, sólo hay polvo donde debería haber agua. Oigo a mamá diciendo en voz baja «vaya pena» en repetidas ocasiones, al mismo tiempo escucha historias que mi padre cuenta de cómo en su infancia se bañaba en el rio mientras señala la barca verde que se hunde en barro. Nos sorprende una garza de patas largas que picotea en los escasos charcos y que tras la llamada indiscreta de mi hermano se refugia entre la espesura ocre con un seco y rápido aleteo.

La puerta de madera de La Laguna de Aclimatación chirría cuando pasamos, no hay nadie y mamá nos pide quitándose las gafas que guardemos silencio. Sentados sobre los muslos de papá vemos como tres patitos siguen con prisa  a un adulto de pico rojo y cresta naranja  que se adentra en el agua con cierta altanería. «Parece que lleva un esmoquin» dice mamá mientras dispara la cámara de fotos. Mi hermano extiende el brazo por la ventanilla y mueve sus deditos  como si pudiera tocarlos o agarrarlos, creo que sigue sin renunciar a sus planes de llevarse algo a casa. Dos gorriones roban a un pato de enorme pechuga gris que camina como balanceándose un trozo de pan que mi padre guardaba en el bolsillo de su camiseta. Antes de marcharnos examinamos en los posters informativos todas las clases de aves que visitan el parque  diciendo en voz alta  las que hemos podido reconocer. Nos hacemos una foto justo al salir del mirador, mi hermano posa  serio ante el objetivo, creo que se ha dado cuenta que volvemos sin nueva mascota.

En la explanada del acceso al parque jugamos con un balón de reglamento mientras mamá prepara unos bocadillos sobre el capó del Seat y mi padre se fuma un cigarro sentado en la hierba  con una lata de refresco. La tarde comienza a caer y el sol asoma entre las flores del carrizo dando brillo a las aguas estancadas de mi recuerdo. Han pasado más de veinte años de aquellas fotografías, pero las Tablas no han dejado de ser parte esencial de mi camino, de nuestros caminos. La tierra seca que agoniza ante aquellos niños que miran el horizonte con asombro e ilusión no debería volver a repetirse.

#SalvemosLasTablas             

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