El llano del tiempo

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Manuel Molina

Hacía tiempo que quería ver la versión de Julian Schnabel sobre Van Gogh. Este director ya me emocionó con “La escafandra y la mariposa” y su durísima visión sobre como un minuto puede cambiar una vida por completo. En esta película del año dos mil siete, se narra la vida de Jean Dominique Bauby, un alto ejecutivo  de éxito que a causa de un trágico accidente queda totalmente paralizado, sin poder comer, hablar,  ni respirar sin asistencia, pero que con una voluntad de hierro y  un lenguaje que aprende a través del parpadeo logra escribir un libro ayudado por su terapeuta.

Volviendo al pintor,  en la película “Van Gogh, A las puertas de la eternidad” se ve un artista angustiado por encontrar un sentido a la vida y ser capaz de ocupar un lugar en el arte. Por momentos llega a asumir, envuelto en su propia locura, que su forma de crear quizás esté predestinada  para ojos de otro tiempo sin los prejuicios de sus contemporáneos que no cesan de ridiculizar su obra.   Al principio de la película hay una frase que cita el propio pintor al encontrarse con un inmenso campo de trigo  y que me ha hecho reflexionar estos últimos días: “Cuando me enfrento a un paisaje llano no veo más que eternidad”.

La carretera comarcal 310 que une Alcázar de San Juan con Quintanar de la Orden es un folio que cambia con el paso de las estaciones. En estos días, y gracias a las lluvias que han caído sobre todo el país, luce unas bellísimas pinceladas verdes y granates que se cortan por caminos de tierra. Por esta zona las viñas aún resisten la llegada del alambre y sobreviven chatas junto al suelo húmedo y terroso, dejando ver  sus primeros brotes color oruga. Es muy fácil cruzarse por las mañanas con el vuelo madrugador de algún halcón, o la polvareda del rebaño que camina con cabeza gacha al ritmo de un joven pastor que levanta su sombrero para ver pasar el trajín de los pocos coches que coincidimos. La fotografía es tan limpia que se pueden ver a lo lejos y con profunda  claridad las lagunas de Villacañas bajo una hilera de molinos blancos que bailan en días ventosos.

Mi compañero de trabajo comparaba el paso del tiempo con el cruce de dos trenes, es una ruidosa sacudida que se escapa, decía con ambas manos al volante. La conversación había surgido por la fecha de lanzamiento de un videojuego en el que ambos habíamos invertido largas horas (y pesetas), y que este año 2019 cumplía dos décadas. Aún conservo el poster del protagonista en mi habitación de casa de mis padres, comentó subiéndose las gafas de sol, ahora comprendo el famoso tango de Gardel con sus veinte años, le respondí. En un viernes a las tres y veinte de la tarde por aquella carretera no hay nada más que su horizonte y las ganas de cerrar semana laboral. Los treinta minutos que se suele tardar hasta  Alcázar de San Juan los pasamos intentando llegar a la conclusión de que quizás sólo la ausencia de relojes y horarios hace estirar el tiempo para adormecerlo hasta perder su percepción. La rutina frenética nos estruja de tal manera que hemos comenzado a tachar días para llegar a un punto brevísimodonde tenemos planificado un viaje o un evento. Tal vez nos estamos convirtiendo en mascotas  que corren y corren en busca de la pelota para obtener un efímero placer con sabor a galleta.

Con la radio de fondo mi compañero pierde la vista en la gris carretera, yo en un camino que zigzaguea a través del llano. Acaba de comenzar el fin de semana y ya estamos pensando en lo rápido que pasará, y la dureza del puño del lunes. Entiendo ahora a Van Gogh  cuando en la película se aparta de su caballete, cierra la caja de sus pinturas y se dedica a observar ensimismado durante horas un campo de almendros en flor.

EEEEEOOOOO

1 Comentario

  1. Mascotas somos ya.
    No nos damos cuenta de lo importante que es el lado humano y sucumbimos a diario a los inventos del capital.

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