En el Bicentenario del Museo del Prado ( I ).

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                                      Fra  Angelico.   La  Anunciación.

    Ángel  Vicente  Valiente  Sánchez-Valdepeñas

           Desde que el Museo Real se abrió el 19 de noviembre de 1819 con fondos procedentes de las colecciones reales, esta institución se ha convertido en uno de los principales depositarios de la memoria pictórica occidental. Doscientos años después de su fundación, el Museo Nacional del Prado reflexiona sobre todo ello y lo comparte con sus visitantes en un formato expositivo.  Es una buena ocasión para visitarlo. Por nuestra parte, deseamos destacar con la mayor admiración posible algunas de las fabulosas obras que encierra.

        Comenzamos por  La Anunciación de Fra Angelico (1400-1455) . Obra realizada en témpera y oro sobre tabla de estilo renacentista.  Fue realizada para el altar derecho de la iglesia del convento de Santo Domingo en Fiesole, Florencia. El famoso retablo del convento se conforma a través de una tabla superior más grande en la que aparece representada la Anunciación En la predela (parte inferior del retablo que se dispone a modo de banco corrido) aparecen las escenas de: El nacimiento y desposorio de la Virgen, La visitación, La epifanía de los Reyes Magos, La purificación y por último El tránsito de la Virgen.

    Todo está en segundo plano: la arquitectura,  la decoración del interior,  la escena de Adán y Eva,  expulsados del paraíso. Todo desaparece ante la imagen central. Todo sorprende en el cuadro, pero las figuras del arcángel Gabriel y la Virgen deslumbran. Me gustaría destacar especialmente la humildad de la Virgen María, aceptando la noticia, pero es aún más sorprendente la actitud del arcángel, que se inclina ante ella en señal de admiración.  La figura del arcángel es etérea,  casi transparente en una demostración de dominio portentoso del color. En la figura de María se pueden destacar los contrastes de luz y color en sus ropajes y su bellísimo rostro. En fin, una de las más importantes joyas del Museo del Prado, si no la más valiosa de todas.

                 Francisco  de Goya.  Los fusilamientos del tres de mayo.

       Es decir poco que con esta obra se supera el estilo de pintar habitual durante siglos.

El pueblo de Madrid enfrentado al invasor con el deseo de libertad como única arma,  como única defensa.

      Estamos habituados a contemplar este cuadro. No somos capaces de experimentar el asombro de la primera vez.  Sucede esto porque el cuadro forma parte de nuestra memoria colectiva,  de nuestra mente, de nuestro espíritu. Forma parte de nosotros mismos. Sin embargo,  si por un momento abandonamos nuestros prejuicios y dejamos impresionarnos por la obra habremos de conmovernos ante un episodio glorioso de nuestra historia.  La oscuridad de los  soldados franceses no logra ocultar la luminosidad de los fusilados,  al contrario la acentúa y también,  diríamos,  su lucidez. Como todas las obras del Prado, necesita ser contemplada en directo,  sin reproducciones fotográficas  ni de ninguna otra clase. Hay que contemplar esta obra de gran formato con los ojos inocentes de un niño para sobrecogernos en su soberbia ejecución. Estamos ante la mejor reproducción gráfica de un suceso. Oímos los disparos y los lamentos. Sentimos el latir del corazón del pueblo, que es nuestro latir.

EEEEEOOOOO

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