Generación de calle

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Hablan de vacaciones, cada cual más exótica o moderna para sacar mejores fotos en Instagram y dar en las narices a los que “solo” iremos al Levante. Esta sociedad se está montando así, en esa falsa (a mi juicio) idea de libertad y apariencias glamurosas. Los veranos de patio y alberca con sus infinitos  juegos quedaron muy atrás. Mi “generación de calle” agoniza como murieron los recreativos o las tiendas de barrio donde comprabas helados a veinticinco pesetas. La libertad era perderte entre las callejuelas esperando a que la voz de tu madre resonara por las esquinas para llevarte la merienda o reclamarte para cenar. Mi patria es la infancia, que solía decir don Miguel Delibes, y  esa bandera es tan bella y efímera que duele cuando se tiene y se añora cuando se pierde.

 

Pararte a mirar la calle sentado en un poyete a día de hoy  lo tacharían  de pérdida de tiempo, podrías hacer muchas cosas más extravagantes asegurarían, aquí no tienes un buen selfie. Sin percatarme, sumido en ser mayor, la generación de calle se fue diluyendo cual azucarillo en café amargo, cada vez es más difícil encontrar a niños golpeando un balón ante la mirada inquisidora de la vecina o sacarse el bocadillo a la acera atrayendo una hilera de hormigas. La luminosa pantalla  nos está comiendo el tiempo y la infancia, y aunque las madres se están ahorrando (al menos la mía se lo gastó) en rodilleras y tiritas, quizás no se dan cuenta que al cachorro hay que dejarle correr y pelear. A mi vago entender, no creo que recuerden unos días tan intensos como aquellos donde la bicicleta heredada era el mejor corcel y el reloj no tenía más pilas que las del sol metiéndose entre los tejados. Se agotan lentamente los puntos de reunión al lado de un futbolín astillado y las interminables conversaciones por la calle camino al colegio. Corren peligro de extinción los descampados con porterías de piedra imaginarias, o las rayuelas de tiza de colores donde los ligeros calcetines blancos volaban.

Envidio enfundado en mi seriedad puntual ese horizonte que se abre después de la última nota colgada en el tablón. Conduzco a ralentí observando las sonrisas de aquellos que acuden (ya en pantalón corto y sin mochila) a echar el cerrojo frente a un verano inmenso que se les abre. Crecemos con la falsa idea de convertirnos  pronto en mayores (que te vean formal en el trabajo me dice mi madre cada domingo), de una independencia absurda y  meramente económica, dejando atrás los sueños y el tiempo con toda su dimensión.  La generación de calle agoniza como agonizaron las que fueron quedando atrás, son nuevos tiempos para la lírica.

 

 

Biografía:

Manuel Molina nace en 1984 en Daimiel (Ciudad Real). Graduado en Relaciones Laborales y recursos humanos reside en Alcázar de San Juan donde compagina su trabajo como técnico de personal y la literatura.

Ha publicado relatos cortos como “Enhebrando recuerdos” “Café de la amargura” o “Vía de esperanza”. Pero es en 2017 cuando publica su primera novela “Arena en la garganta” lo que termina por posicionarle en el mundo literario.

Actualmente colabora con una revista literaria de Toledo de la cual es socio fundador publicando artículos de opinión, estudia lengua y literatura por la UNED y sigue trabajando en futuras novelas.

EEEEEOOOOO

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